Antonio Montes, un ilustre desconocido del deporte sevillano

El nombre de Antonio Montes no dice mucho a la inmensa mayoría de los aficionados al deporte. Sólo las personas de cierta edad y buenos aficionados al ciclismo conocen las hazañas de este prodigio de la bicicleta que participó en cuatro de las cinco primeras ediciones de la Vuelta Ciclista a España y que, aunque sólo terminó la primera de ellas en el puesto 22º, cuenta en su palmarés con tres victorias en la ronda española.

Antonio Montes es entrevistado por un periodista a su llegada a la capital hispalense en la primera edición de la Vuelta en 1935 / Archivo Sánchez del Pando (Fototeca Municipal)

Antonio Montes es entrevistado por un periodista a su llegada a la capital hispalense en la primera edición de la Vuelta en 1935 / Archivo Sánchez del Pando (Fototeca Municipal)

Tortosa en 1935, Cáceres en 1941 y Granada en 1945 vieron ganar a un ciclista que era considerado como uno de los más combativos de la época. Su palmarés, aparte de numerosas pruebas por todo el territorio nacional, reúne también dos triunfos en la prestigiosa Clásica de los Puertos. Su sueño no cumplido fue vencer en algunas de las etapas de la Vuelta a España que acabaron en la capital hispalense.

Nacido en 1911, la trayectoria como ciclista profesional de Montes transcurre entre 1932 y 1945, aunque participa en pruebas locales y regionales, al menos, hasta entrada la década de los 50. Vivió unos años en Francia, donde también consiguió grandes triunfos. Falleció en su casa de Bellavista en 1984 a los 73 años de edad. Unas breves líneas en los diarios dan cuenta de su muerte. Y a partir de ese momento comienza el olvido de un ilustre del deporte sevillano.

Antonio Montes empezó a ser conocido a nivel nacional tras su victoria en la séptima etapa de la primera Vuelta a España, entre Barcelona y Tortosa, de 188 kilómetros. Con el pelotón agrupado durante la mayor parte del recorrido y sin demasiadas ganas de pelea, el de Bellavista mostró sus intenciones en el tramo final de la etapa, protagonizando alguna escapada que no llegó a mayores. A pesar de los intentos de fuga producidos en los últimos kilómetros, el grupo llegó prácticamente inalterado a las calles de Tortosa, donde Montes, con un tiempo de 5h.56:15, superó por media rueda en el sprint a Mariano Cañardo -segundo en la clasificación final tras el belga Deloors-.

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El corredor sevillano -a la izquierda- posa junto a dos compañeros de equipo y un aficionado / Archivo Sánchez del Pando (Fototeca Municipal)

Al día siguiente, Montes estaba radiante de felicidad: “No me cambio por el rey de Inglaterra”, decía a todo el que se cruzaba con él antes de la salida, aunque suspiraba por ganar en su tierra: “Eso sí que lo cambiaba por la etapa de ayer”. Tras finalizar en el puesto 22º, los especialistas lo definían como un ciclista con clase, aunque tendría que usar más la cabeza y no dejarlo todo a la improvisación. Su buena actuación en la primera edición de la Vuelta hizo que sus amigos y admiradores le tributaran un merecido homenaje en un local de la Puerta de la Carne.

Si la I Vuelta a España dio a conocer a Antonio Montes, su consagración llegó en la XII Vuelta a los Puertos. El sevillano siempre estuvo muy atento a cualquier intento de escapada hasta que al paso por el Alto del Portachuelo formaba parte del trío de cabeza junto a Bernardo de Castro y Ricardo Montero. Un pinchazo de este último en el tramo final deja la carrera en un mano a mano entre Montes y Castro, que se decanta del lado del hispalense en un apretado sprint en el Paseo de Camoens de la capital de España.

Un año después y nada más iniciarse la Guerra Civil, el ciclista sevillano repitió triunfo en la prestigiosa prueba de la Sierra de Guadarrama, marcando además el mejor tiempo hasta la fecha, con 5 horas 30 minutos y 37 segundos, en recorrer los más de 180 kilómetros de recorrido. Este récord de Montes perduró durante ocho años hasta que fue rebajado en más de dos minutos por Julián Berrendero.

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El sevillano Montes rodeado de los mejores ciclistas de la época durante la edición de la Vuelta a España de 1936 / Archivo Sánchez del Pando (Fototeca Municipal)

Una vez finalizada la contienda bélica, que como es normal paralizó cualquier actividad deportiva en España, la ronda española retomó su actividad en 1941. Y no pudo comenzar de mejor forma para Antonio Montes, que se impuso en la segunda etapa tras recorrer en solitario los 214 kilómetros entre Salamanca y Cáceres. Así es. El ciclista de Bellavista, que el día anterior había llegado con casi una hora de retraso debido a una avería mecánica y a una equivocación en el recorrido por las carreteras de Ávila, abandonó el pelotón nada más darse la salida en la capital salmantina y, entre la permisividad inicial del resto de corredores y la formidable cabalgada de Montes, cruzó la línea de llegada en Cáceres con 16 minutos de ventaja sobre su más inmediato perseguidor, Delio Rodríguez, que se enfundó el maillot de líder. El bravo corredor sevillano invirtió en su aventura en solitario, con “campos de trigo y caravana de bueyes” como acompañantes, 6 horas, 44 minutos y 51 segundos, con un promedio superior a 31 kilómetros por hora.

Antonio Montes fue capaz de repetir la hazaña en la edición de 1945, fecha en la que se recuepra la ronda española después del paréntesis por la II Guerra Mundial yen la que fue admitido a última hora. Y de nuevo en los ‘alrededores’ de Sevilla. Después de intentarlo de forma infructuosa en la etapa que finalizaba en la capital andaluza y en la que entró séptimo, Montes dio una auténtica lección de “hombría y deportividad”, según las crónicas de la época. Recorrió en solitario los 251 kilómetros de recorrido entre Sevilla y Granada, recogiendo el cariño y los aplausos del numeroso público que se acumulaba en cada pueblo por el que pasaban los ciclistas. Aventajó en 22 minutos a un pelotón ‘colaboracionista’, a pesar de sufrir durante el recorrido un par de desfallecimientos -afortunadamente superados-, una caída y detenerse en varias ocasiones para rellenar de agua los bidones. Y todo ello bajo un sol de fuego y con viento contrario.

Gafado en las etapas de la Vuelta con final en Sevilla

Una de sus mayores ilusiones era haber cruzado como vencedor en alguna de las etapas de la Vuelta a España con final en Sevilla. Pero no pudo ser. En 1935, a pesar de que en la salida de Granada juraba que ganaría en su tierra, sufrió un pinchazo en Loja y sólo pudo llegar integrado en el pelotón, aunque lo intentó y fue el animador de la carrera en los kilómetros finales. Al año siguiente sufre un aparatoso accidente con un coche ajeno a la prueba y resulta contusionado en un brazo, llegando a la meta con poco más de tres minutos de retraso. En la edición de 1941 llegó en el pelotón de cabeza y sus paisanos lo sacaron a hombros por su heroico triunfo del día anterior en Cáceres. Y en su última llegada a Sevilla con la Vuelta a España entró séptimo antes de su segunda hazaña del día siguiente camino de Granada.

Un habitual en competiciones locales

Antonio Montes no sólo competía en las grandes competiciones nacionales de la época (Vuelta a España, Campeonatos de España, Vueltas a Cataluña y País Vasco, entre otras) sino que también era un habitual en pruebas de carácter local y regional. Entre éstas destacan las celebradas en el terreno del campo del Patronato coincidiendo con partidos del Betis, Gran Premio de Aracena, Sevilla-Huelva-Sevilla o los critériums celebrados en el Paseo de la Palmera, entre muchas otras. En estas carreras se forjó una gran rivalidad entre Montes y el otro gran ciclista sevillano de la época, el trianero Antonio Rodríguez ‘Zeppelín’ y que tenía completamente dividida a la afición ciclista sevillana como si de la rivalidad futbolística se tratase.

Gran aficionado al flamenco

Las crónicas de la época hacen abundantes referencias a la gran afición por el flamenco de Antonio Montes. Entre otras ‘perlas’, el ciclista sevillano se inscribió en la Vuelta a Cataluña de 1935 con la letra de un fandanguillo en el que decía que de ganar se lo “ofrendaría” a Sevilla, a pesar de que todas sus fuerzas se quedaron en la Vuelta a España. También era capaz de arrancarse por seguidillas y en su victoria en 1945 en Granada un cronista le apodó como el ‘corredor-poeta’ y le pidió que improvisara “algún verso” una vez que tenía la victoria en el bolsillo.

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